Escribo este texto con una pena enorme por la muerte de un alimentador de imaginaciónes, alguien que amplió el mundo y me enseñó, sin saberlo, a tener el coraje de ser yo mismo en mi dibujo. La medida de mi agradecimiento es sólo comparable al placer de ver sus trabajos.

Jean Henri Gaston Giraud (aka Gir, aka Moebius)
8 Mayo 1938 – 10 Marzo 2012

Hoy día sábado venia llegando de un almuerzo con unos compañeros, donde hablamos de datos y como crear gráficos usando códigos para su representación visual. Luego de esta reunión, llegué al departamento donde me esperaba mi mujer María José. Me tumbé en la cama, y como es habitual para mí, antes de leer mis correos, me puse a mirar las noticias a ver si había algo nuevo en el mundo. Y había algo nuevo, y muy triste para mi. Quedé muy impactado al leer que ese mismo día sábado, uno de mis héroes de juventud, ya no estaba más.

Desde que tengo memoria, he tenido una fascinación por indagar en diferentes maneras de representar las cosas, mediante dibujos, collages, juegos de palabras, y ahora mediante líneas de código. Dibujé muchísimo durante muchos años en mi vida, en animación, luego algo de historieta, pero sobre todo dibujos sueltos. Mi relación con otros dibujantes y guionistas siempre ha sido estrecha, muchos de mis mejores amigos fueron y siguen siendo de esos linajes. Con ellos siempre conversábamos de lápices, tintas, tipos de papel, y también de líneas, de puntos, de texturas.

También hablábamos de otros dibujantes que eran sin duda nuestras inspiraciones, por diversas razones. Cada uno tenia aproximaciones diferentes a diversos autores, unos por que narraban muy bien visualmente, otros porque dibujaban muy bien, en términos realistas, u otros porque eran muy experimentales en las formas que realizaban. Pero para mi había uno en particular que desde el momento en que conocí sus trabajos, encontré una sintonía con lo que yo entendía y pensaba sobre el dibujo. Y poco a poco, a medida que iba conociendo más su trabajo, encontraba una sintonía personal en su exploración de la consciencia, asunto que a mi me interesaba mucho a partir de la idea del dibujo como extensión del pensamiento.

Los primeros Moebius que ví…

Recuerdo muy bien los primeros dibujos que vi de Moebius. Era un día, cuando estudiaba Ilustración profesional en un innombrable instituto técnico de Santiago de Chile, que llegó un compañero con una edición de la revista Metal Hurlant, de esas que llegaban desde España, quién sabe mediante qué vías. Eran viñetas de las aventuras de John Difool (el personaje de la saga que creó con Jodorowsky) en una jungla verde y espesa. Recuerdo el impacto que dejaron en mí esas líneas tan simples y completas que limitaban los campos de colores planos de esa edición. Mi sensación, amplificada por un hambre adolescente de querer verlo y aprenderlo todo, fue de maravillarme al ver cómo el pequeño marco de una viñeta parecía convertirse en una ventana a todo un mundo. Las líneas no terminaban sino que sugerían una continuidad infinita, limitada solo por el ojo del observador. Y no me refiero a una ilusión óptica u otro truco similar, era la genuina sensación de que el dibujo era de tal magnitud, que invitaba sin querer a que uno completara su sentido.

Ese impacto primordial fue el gatillador de un deseo por buscar y ver más trabajos de este artista, algo muy difícil en un país que venía saliendo de una dictadura y en tiempos previos a internet, cuando las cosas eran cosas y no metáforas de si mismas, por lo tanto eran dificiles de encontrar. Luego, mis amigos los hermanos Peña, ganaron en esos años un concurso de fanzines en la revista Trauko, y recibieron como premio una serie de libros de cómic, entre los cuales estaba “El Garaje Hermético”. Verlo, para mí, fue toda una revelación. La ansiedad por llenar los espacios blancos era un fantasma que me perseguía en esos momentos, pero ver esas páginas con grandes campos blancos, fue un gran impacto. Allí los blancos tenían una presencia casi corpórea. Limitados por líneas perfectas en su imperfección, definían los campos de lo adentro y lo afuera, la forma y el fondo. La fineza de las líneas y su acumulación progresiva y rítmica en los achurados, fue algo que aún me deja pasmado. Tal ves para alguien que no sea dibujante, estas descripciones carezcan de sentido, pero constituyen el alma del dibujar, que no es hacer algo parecido a algo que se vé en el afuera. Para mi, dibujar es dejar que el pensamiento salga, ya que una línea es la representación más abstracta de una idea, y el punto, su inicio.

Las historias en si a mi no me importaban mucho, generalmente no las leía, como no he leído casi ningún cómic que ha caído en mis manos. Para mi siempre han sido más importantes las imágenes. Pero entre las pocas historias que he leído, hay muchas de Moebius, particularmente “El Garaje…” y “El hombre del Cigurí”. Su lectura es consistente con su imagen. Así como sus dibujos eran un borde a otros espacios y otros pensamientos, sus historias eran, para mi, ensayos de otros modos de narrar y contar. Eran juguetes de entretención, burla y búsqueda constante. Entretención porque me parecía que dibujar eso y de esa manera, debió ser un goce tremendo. Burla, porque me parecía que se burlaba de las convenciones de la historieta, improvisando y cambiando de estilo entre capítulos, entre páginas incluso dentro de la misma página, haciendo a los personajes gordos aquí y flacos acá, no tomando en cuenta la consistencia del universo que él mismo había creado. Y búsqueda, porque yo sentía que Moebius buscaba un algo en la manera de contar las historias, un algo donde el dibujo no estaba supeditado a un guión o plan, sino que daba espacio al error, a la improvisación, y al “no sé qué va a salir de esto”, como es la vida, pues… quien tiene un guión para su vida? En resumidas cuentas, esos libros, llenos de dibujos, se valían de las convenciones de la historieta para ser algo más, convirtiéndose en dispositivos herméticos, cerrados en si mismos, porque daba lo mismo contar algo. Las historias que se cuentan a si mismas, son valiosas en sí y para sí mismas.

Sentía (y aún siento) una fascinación por la perfección representacional de sus dibujos. Edificios, zapatos, nubes, desiertos, narices, manos, senos, cabellos, ojos, naves, estrellas, todos construidos con la sutileza de las líneas negras desplazándose por el papel. Ya lo mencioné. Sus líneas y dibujos eran como ventanas a mundos, apoyados en una intuitiva maestría en el uso de la perspectiva, donde uno parecía entrar en las viñetas. No voy a negar que he sido uno de los millones de imitadores, mediocre por cierto, que tuvo Moebius, hasta que me dí cuenta de que él pudo lograr esa maestría siendo él mismo, no siendo otro, y dándose incluso permiso para ser varios a la vez, siendo tanto Moebius, como Gir. Pero… ¿Quién es uno mismo siempre, quién controla totalmente su consciencia? ¿Acaso no tenemos la ilusión de estar dominando algo, cuando en realidad somos dominados por ese algo? ¿Cuántas veces me vi yo mismo enfrentado al dilema de saber si el que estaba dibujando era yo, o era la línea misma la que quería hacer de las suyas? El dibujar es un diálogo entre el querer y el poder, entre el deseo y el resultado. ¿Cuanto obtienes de lo que has deseado? ¿Cuanto puedes hacer de lo que quieres? ¿Piensas lo que quieres, o quieres lo que piensas? A veces es mejor darse por vencido y dejar que la batalla la ganen las líneas y la resistencia del papel. Esa es una de las grandes lecciones que Moebius me dejo, saber darse por vencido, y asumir que el dibujar, en la profundidad que uno se puede atrever a tener, es un asunto de perder control sobre uno mismo. A algunos les lleva años lograr la maestría y “dominar” el dibujo, a otros nos interesa más entender el dibujo. Moebius ha sido uno de los pocos creadores que ha logrado ambos estados. Entender el dibujo es entenderse a uno mismo, y esa lucha es constante y revela monstruos, los propios.

Las Dos Caras de la Cinta: Una víctima de su imaginación

No recuerdo muy bien, pero en una antigua entrevista a Moebius leí que le preguntaron por su método de dibujo, si era muy controlado o se dejaba llevar por cierto automatismo. Contestó algo así: “La gracia está en controlar cuidadosamente los automatismos”. La paradoja de la respuesta es evidente en una primera lectura, pero con otra vuelta más, vemos otra cara de la cinta. Contrariamente al concepto habitual de expresión (que se tiene por libre, sin barreras, fluido), el inconsciente no sólo se asoma en un estado de inconsciencia, sino que está presente en la lucha de la consciencia por la modificación de la realidad, allí es donde se asoma su rostro real. Y he aquí la justificación de su seudónimo Moebius. No porque inicialmente nos podríamos quedar con la explicación de que él era dos autores, Gir y Moebius, y tenía dos lados como la famosa cinta. Sino porque él mismo era al menos dos personas, dos universos y maneras de ver el mundo, y de dibujarlo. Y aquí pienso que a veces sentimos que controlamos lo que hacemos y que la imaginación es nuestra y hacemos lo que queramos con ella, pero me pasa que al ver sus trabajos pienso que él era una víctima de su propia imaginación, y que esta era la verdadera dueña de su su personalidad.

Mi relación y aprendizajes con el dibujo en particular, y con la gráfica en general, ha sido lento y a tropiezos, como seguramente le ocurre a la mayoría. Desde la fascinación por las formas, fui comprendiendo la naturaleza del dibujo y de la creación gráfica, siempre caminando por las líneas y planos que, como migas de pan, los grandes maestros iban dejando tras de sí; la rabia de Robert Crumb; la maestría de Leonardo; la geometría de El Lissitzky; las aglomeraciones de Tatlin; las diagonales de Rodchenko; la genialidad conceptual de Duchamp; la partición de las superficies de Escher y hasta los sets de Mandelbrot, todos han sido campos de exploración para mis ojos y cosquillas para mi cerebro. Todos ellos también tienen en común el ir mas allá de la superficie de lo que se vé, realizando constantes preguntas sobre su disciplina y su naturaleza como seres creadores. Moebius se tuvo a él como materia prima, su gran tema era él mismo, tácita o explícitamente. No tenía temor a representarse de diversas formas, no directamente, sino que en el acto de dibujar estaba él, su sombra, su doppelgänger, como desafiando la ficción de ser uno solo, un ser social único, monolítico y funcional, un rol que jugamos siempre. Somos varios, y no tenemos control sobre los “nosotros” que podemos ser. Él respetaba esa naturaleza múltiple, era un ser que se dibujaba a si mismo, sus adentros. Las maneras de hacerlo eran estrategias para representar esos adentros que muy pocas personas tienen la oportunidad de hacer en esta vida.

Desde sus dibujos más realistas hasta sus abstracciones más personales, su línea era inmediatamente reconocible, y son miles la sensaciones que se gatillan al recordar una de esas imágenes, las que inevitablemente llevan inmediatamente a otra imagen, y a otra, y a otra… Recuerdo particularmente una viñeta de “El Garage Hermético”, donde el arquero sostiene en sus brazos a una dama, cuyos cabelloos caen como un río de tinta negra. Cada pelo existe, cada brillo en ellos existe, no sólo porque está dibujado, sino porque la compicidad entre “dibujante” y “lector” es total: nosostros completamos los cabellos de la mujer. Es uno de los dibujos más hermosos que he visto, por la sinuosidad del pelo, el balance de blancos y negros, y por una puesta en página prodigiosa.

La faceta erótica de Moebius también es fascinante y habla de sus diversas manos. “Angel Claw” fue un libro que encontré el año 1999, noqueado por la fuerza de una portada negra con un ángel atravesado por un rayo proveniente de la tierra. Dibujos a página completa sacaban fuera de su cabeza sus perversiones y pulsiones elegantemente ilustradas. Recuerdo que me abrumó la limpieza de las líneas, el preciso balance de los espacios negros, y la carga y fuerza de la composición de cada imagen. Aún tengo el libro como uno de mis mas preciados tesoros.

 

El Desierto Interior

Sin embargo, uno de los trabajos de Moebius que más me ha impactado es un cómic abstracto aparecido en “Chaos” (1991). Recuerdo que obtuve ese libro al cambiárlo a un amigo por otro que yo tenía de ilustración americana. Creo que ha sido uno de los mejores canjes que he hecho. En dicho libro, donde aparecían además magníficas ilustraciones para una revista de parasicología, encontré esas increíbles páginas, con imágenes que parecían una mezcla de víseras, tripas, carnes, y otras formas orgánicas, sin narración aparente, usando las convenciones de la historieta para contar nada, y realizar solamente un ejercicio estético. Esa nada, esa inutilidad narrativa, sumado a su calidad plástica, orgánica, me encandilaron. Fue ese trabajo de Moebius el que reafirmó en mí la posibilidad de un camino viable, muy tortuoso pero muy satisfactorio, que es dibujarse uno mismo, lo de adentro de uno, el pensamiento, las ideas, las abstracciones. Estaba claro que él ya había tomado partido por sus adentros, por su imaginario biológico y sicológico. Ese camino que él mostraba era (es) para mí una de sus más valorables aportaciones. No dibujamos lo que vemos, dibujamos desde y a partir de lo que somos, porque la línea es el reflejo del pensamiento, es pensamiento, es un punto en constante movimiento, es tiempo mas voluntad.

Estos eran los trabajos que más me atraen hasta el día de hoy, que no eran precisamente los más narrativos, ni a veces los mejor dibujados (en la escala Moebius, claro está), sino los que más se escapaban de la historieta, los más cercanos a un delirio o una escritura automática, los que forzaban más las convenciones del medio. Masas orgánicas flotando, gruesas líneas negras partiendo el espacio, inmensos campos blancos y llanuras imaginarias extendidas al horizonte, cuerpos fundidos con bloques de color, etc. Pero no puedo decir que todo lo que hacía me gustaba, ví algunos trabajos suyos que me parecían simplemente siúticos o aburridos, como si no los hubiera querido hacer.
Y pensando en los desiertos que dibujaba Gir, tal ves estos eran herencia de “Blueberry” y el entorno de sus historias, pero al ver los dibujos sueltos del Moebius más íntimo, pareciera ser que estos desiertos son más herencias de su espacio interior, de las imágenes que seguramente tenía del México que vivió junto a su madre, de sus iniciaciones sexuales y sus incursiones con drogas.

Ese mismo México es el que se evidencia en los colores que usa, los que siempre me dejaron una sensación de tierra y sequedad. También las superficies decoradas de los muros que dibujaba eran directa referencia al arte precolombino de los mechicas, mayas y aztecas, culturas cuya visualidad marcó profundamente la iconografía e imaginario de Moebius. Siempre he pensado que él es un artista más latinoamericano que europeo, por sus referencias precolombinas, y sobre todo por su disposición a mostrarse como otro y asumir su personalidad hecha de capas de historias, como la personalidad misma de cualquier latinoamericano.

Otro elemento que siempre me atrajo de sus historietas eran los cuadros dentro de los cuadros, como en algunas páginas de “El Garaje Hermético” o “El Hombre del Cigurí”, donde dentro de las viñetas, dibujaba otros cuadros, como parte de la decoración de esa viñeta, que eran a su vez viñetas dentro de viñetas, generando una puesta en abismo, un mundo dentro de otro mundo. Entonces éramos lectores (el yo lector) viendo una página, la que a su vez contenía otro cuadro… cada uno con un universo, con unas leyes propias, que se solapaban perfectamente, sin nosotros notarlo. Otra imagen notable como juego de espejos fue cuando se colocó a él mismo dentro del dibujo. Así, en otra puesta en abismo, vemos a el mismo Moebius dibujando en su mesa, tal ves entintando la misma página donde lo vemos dibujándose a él mismo dibujándose…

No puedo dejar de pensar en la adaptación que realizó para el “Silver Surfer”, junto a Stan Lee, donde logró crear un imponente e inmutable rostro para el tremendo Galactus, uno de uno de los villanos más poderosos de ese universo imaginario (y posiblemente del nuestro), dueño y señor del plateado deslizador enamorado. Esas imágenes gatillan otras imágenes, y no puedo evitar pensar en “The Long tomorrow”, que abrió las puertas para que luego llegaran “Blade Runner” y “Alien”, junto a Dan O´bannon, otro grande de las imágenes y las historias fallecido hace un par de años ya.

Lo reciente…

Uno de su últimos trabajos, “40 Días en el desierto B” es una edición que ya cuenta con mas de 10 años y es muy difícil de encontrar, y que solo he visto por internet, ni siquiera acá en España la he podido hallar. Allí Moebius desata todo su delirante imaginario en blanco negro, economía que le basta para crear un universo que extiende los que ya creó antes, generando una narración a base de dibujos a página entera sin textos, como dando a entender que no existe necesidad de explicación de ningún tipo para crear universos, como sucede con el nuestro. El subtítulo de esta obra, “… o la Estrategia de la Demencia” es un percefto umbral para entender mejor el proposito y destino de la obra de Moebius. Aparece allí nuevamente el desierto como escenario imaginario donde calaveras, ritos, celebraciones, animales, polvo, seres flotantes, y uno que otro aparato tecnológico, participan de la construcción de los collages automáticos habituales del autor. Esta es una obra que resume la trayectoria, fantasmas, obsesiones y universos de este genial dibujante.

Su última exposición, titulada “Transforme”, se realizó en la Fondation Cartiers, en Paris el año 2011. Fue una celebración a su extensa carrera. Gigantescas impresiones junto a sus valorados originales estuvieron expuestos durante varios meses, con una gran afluencia de público y con un Moebius siempre presente. Lamentando no haber podido asistir a esta muestra, al menos espero  en algún momento poder encontrar el catálogo, si es que alguno queda.

Su partida


Se ha ido una persona que alimentó mi imaginación, que maleducó mi línea haciéndola múltiple, nerviosa, indecisa, pero única y mía. Hizo que tomara con más respeto lo que yo hacía, aunque fueran un par de líneas, porque éstas hablan de quien las traza, hablan de su estado mental, de sus ideas, de sus iras, y sobre todos de los límites que no se atreve a cruzar, por miedo, por convenciones sociales, por inseguridades, o por simplemente querer dibujar un dibujo. Hay muchas personas que dibujan muy bien, pero pocas que tienen la sabiduría para dejar de vez en cuando que sus dibujos se dibujen solos. Jean Giraud Moebius alimentó mis ojos, mis adentros, e iluminó con sus dibujos mi adolescencia en tiempos oscuros.

¿Qué tanto puede una persona conmover a otra en su esencia? Qué tan profundamente puede una persona entrar en la mente y personalidad de otra? Sólo compartiendo un pensamiento profundo, abstracto y puro. Y no creo que exista una manifestación más profunda que apreciar una línea, un dibujo, una imagen, un sonido, una palabra, creando un momento donde se comparten sincronías imprevistas, no calculadas entre un creador, un observador, y un trabajo artístico. En ese instante, por una ilógica razón, los sentidos están más alerta que nunca, más atentos al mundo, desprovistos de la razón, donde el cuerpo y el ser están todos sus poros abiertos. Es lo que se conoce como experiencia estética, contraria a la anestesia. Aquel que es capaz de crear estas experiencias, será motivo de permanentes agradecimientos. Moebius ha muerto, y con él se ha cerrado una fabrica de universos. Desde acá, mi univero de agradecimientos.

Barcelona, Marzo 2012.

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